Punto de Vista
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1Los Desafios de la Izquierda
Latinoamericana

Martha Harnecker

La situación de América Latina y del mundo ha cambiado enormemente en relación con la época que le tocó vivir al Che y en la que dimos nuestros primeros pasos militantes. Y como estoy convencida de que si la izquierda quiere tomar el cielo por asalto debe tener los pies muy firmes en la tierra, considero que para abordar los desafíos que hoy se nos presentan debemos comenzar por analizar brevemente cuál es la situación del mundo en que nos toca vivir. Los desafíos que enfrentó el Che ayer no son los mismos que los que hoy debería enfrentar si pudiese estar todavía entre nosotros.
En los ultimos decenios del siglo XX estamos atravesando por una etapa ultraconservadora. No sólo fracasó el socialismo en Europa del Este, sino que el capitalismo demostró una sorprendente capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias y para utilizar en beneficio propio los avances de la nueva revolucion cientifico tecnica; mientras los paises socialistas de Europa del Este, luego de haber alcanzado un notable desarrollo económico, fueron cayendo en el estancamiento hasta terminar en el desastre que conocemos. A esto se agregan las dificultades que comenzaron a sufrir los gobiernos socialdemócratas europeos y sus regímenes de "estado de bienestar": detención del crecimiento económico, inflación, ineficiencia productiva. Junto a esto, en América Latina, se agotaba el modelo cepaliano de desarrollo hacia adentro o sustitutivo de importaciones. En la mayoría de los casos esta crisis del desarrollismo populista desembocó en dictaduras militares contrarrevolucionarias.
Y cuando éstas terminan no se regresa al sistema político democrático pre dictadura. Se establece un sistema de democracia restringida, tutelada, donde las decisiones fundamentales acerca de la dirección de los procesos económicos, sociales y culturales se construyen fuera del sistema político formal de los partidos, quedan en manos de grupos de presión más conocidos como "poderes fácticos" (fuerzas armadas, grupos empresariales, iglesias, entidades internacionales como el FMI y el Banco Mundial, conglomerados que controlan los medios de comunicación, etcétera). Tanto la izquierda latinoamericana del sur, que ya venía muy golpeada por largos años de dictadura militar, como la izquierda de Centroamérica, que estuvo a la vanguardia de la lucha desde el triunfo de la revolución sandinista, se ven muy afectadas por los últimos acontecimientos mundiales. Tenemos que aceptar que vivimos en un mundo en que el capitalismo ha demostrado una vitalidad mucho mayor de la que esperábamos, logrando sobrevivir y recuperarse hasta ahora de sus crisis. Pero al mismo tiempo, no podemos dejar de constatar que ha creado situaciones inaceptables que parecen    no ser superables dentro de sus límites.
La brecha entre el capitalismo desarrollado y el llamado Tercer Mundo no cesa de agrandarse; que no da señales de detenerse el derroche del enorme potencial productivo alcanzado por la humanidad debido a los avances de la ciencia y la técnica; que continúa el funcionamiento de la economía sobre la base del deterioro del entorno natural del hombre y de la destrucción de los supuestos físicos y biológicos en los que se sustenta la civilización actual; que sigue y seguirá estando presente el peligro de guerra, incluso nuclear. A pesar de los avances en la marcha hacia la paz, la distension y el desarme, hasta que no sean erradicadas para siempre las causas que brotan de la naturaleza capitalista del orden internacional y socioeconómico imperantes.
Todo esto constituye la más elocuente expresión de la irracionalidad que subyace en el trasfondo de la sociedad contemporánea.
Una opción alternativa socialista o como se la quiera llamar se hace más urgente que nunca si no estamos dispuestos a aceptar esta cultura integral del desperdicio, material y humano que, como dice un economista cubano no sólo genera basura no reciclable por la ecología, sino también desechos humanos difíciles de reciclar socialmente al empujar a grupos sociales y naciones enteras al desamparo colectivo. Son enormes los desafíos que se nos plantean y no estamos en las mejores condiciones para enfrentarlos.
Producto de todo lo que señaláramos anteriormente, la izquierda latinoamericana quedó desconcertada y sin proyecto alternativo; está viviendo una profunda crisis que abarca tres terrenos: el teórico, el programático y el orgánico.

Crisis teórica
La crisis teórica de la izquierda latinoamericana tiene, a mi entender, un doble origen: por un parte, su incapacidad histórica de elaborar un pensamiento propio, que parta del análisis de la realidad del subcontinente y de cada país, de sus tradiciones de lucha y de sus potencialidades de cambio. Salvo escasos esfuerzos en este sentido entre los que cabe destacar muy especialmente los de Mariátegui en los años veinte y los del Che Guevara en los años sesenta, la tendencia de la izquierda latinoamericana fue más bien la de extrapolar modelos de otras latitudes: el soviético, el chino. Se analizaba la realidad con parámetros europeos: se aplicaba, por ejemplo, el esquema de análisis clasista europeo a países que tenían una población mayoritariamente indígena, lo que llevaba a desconocer la importancia del factor étnico cultural. Otro de los elementos que la explican es la inexistencia de un estudio crítico del capitalismo de fines del siglo XX el capitalismo de la revolución electrónico informática. No estoy hablando de estudios parciales sobre determinados aspectos de la producción capitalista actual que sin duda existen , me estoy refiriendo a un estudio con la integralidad y la rigurosidad con la que Marx estudió el capitalismo de la revolución industrial. Un análisis de este tipo es fundamental, porque una sociedad alternativa no puede surgir sino de las potencialidades que emerjan en la actual sociedad en que vivimos. Y no veo cómo hacer este análisis si no es con el propio instrumental científico que Marx nos legó. Por desgracia, algunos sectores de la izquierda han sido excesivamente permeables a la propaganda antimarxista del neoliberalismo que responsabiliza indebidamente a la teoría de Marx por lo ocurrido en los países socialistas de Europa del Este; nadie, sin embargo, le echaría la culpa a la receta de cocina por el flan que se quemó al poner muy fuerte el horno.
Reconozco que la imagen no es muy feliz, porque los aportes de Marx no pretendieron nunca ser receta de nada, pero la uso porque creo que ilustra lo que quiero decir. La crisis del socialismo no significa como muchos ideólogos burgueses se han esforzado por pregonar , la muerte del marxismo. Y quiero hacer una aclaración: de aquí en adelante ocuparé el término "marxismo" sólo para simplificar mi exposición, ya que no olvido que Marx fue reacio a usar ese término para denominar sus investigaciones científicas y con toda razón, porque un dogma puede reclamar derechos de autor, pero jamás una ciencia. Se habla de matemática, de física, de antropología, de sicoanálisis, pero esas ciencias no se denominan: galileísmo, newtonismo, levystraussismo, freudismo, porque toda ciencia tiene un desarrollo que trasciende su fundador. Puede hablarse de los descubrimientos de uno u otro autor, pero la ciencia como tal no lleva apellido, es siempre una construcción colectiva.
Por otra parte, cuando me refiero al marxismo estoy pensando únicamente en los aportes científicos de Marx, es decir, en lo que Louis Althusser considera su gran descubierto científico: la ciencia de la historia y no en otras acepciones como aquella que se refiere al movimiento histórico al que dio origen. Ahora, si consideramos el aporte de Marx como una ciencia, es lógico que su desarrollo deba ser permanente y que si éste se detiene, la ciencia entre en crisis. Si su objeto es la sociedad y su cambio, y se han producido cambios notables en este terreno desde Marx hasta hoy, es lógico que se vayan creando nuevos instrumentos para dar cuenta de las nuevas realidades y que para crearlos se tenga presente los más recientes descubrimientos científicos de todas las disciplinas del saber. Es esto lo que no se ha hecho. De ahí que podamos hablar de una crisis del marxismo o crisis de la ciencia de la historia inaugurada por Marx. Esta crisis ha sido más profunda en los países socialistas debido a que desde la época de Stalin se transformó al marxismo en ciencia oficial, es decir, en una anticiencia, en un dogma, permaneciendo estancada durante décadas.
La crisis del marxismo no significa, sin embargo, que lo fundamental del instrumental teórico creado por Marx haya perdido validez como instrumento analítico de la sociedad y su cambio. ¿Quién ha hecho una crítica más profunda y acertada del capitalismo de su época? ¿Quién mejor que él fue capaz de vislumbrar dentro de lo que era posible en su época hacia dónde marchaba la humanidad sujeta a las relaciones capitalistas de producción? Es interesante además observar que la ciencia social contemporánea no puede prescindir de sus aportes. Es paradójico, pero los capitalistas usan más el marxismo para elaborar su estrategia contrarrevolucionaria que nosotros para nuestra estrategia revolucionaria. Basta examinar a fondo la estrategia de la guerra de baja intensidad para ver cuán útiles les han sido las categorías marxistas, y más aún si se examinan las reflexiones que plantea el documento Santa Fe II acerca de las instituciones permanentes del Estado. Pero reivindicar los aportes de Marx es reivindicar también el determinismo histórico, y quiero aclarar que cuando hablo de determinismo, este determinismo nada tiene que ver con el evolucionismo mecanicista de las ciencias naturales aunque algunas de sus afirmaciones aisladas del contexto global de su pensamiento se presten a ello. Se trata de un determinismo de nuevo tipo, que deja un espacio para la acción del hombre en la historia. Lo que Marx hace es proporcionarnos los conocimientos que nos permiten ver en qué lugar tenemos que combatir para que nuestro actuar sea más eficaz, porque sí debemos combatir para transformar el mundo contra lo que parece deducirse de la tesis evolucionistas, mecanicistas, que esperaban el advenimiento del socialismo como fruto de las contradicciones inherentes al capitalismo.
Negar el determinismo marxista es negar todo el andamiaje teórico que el autor de El Capital construyó con tanta pasión y esfuerzo con el único objetivo de poner a disposición de la clase obrera las armas conceptuales de su liberación. Haciéndole entender cómo funciona el régimen de producción capitalista, qué leyes lo rigen, cuáles son sus contradicciones internas, le permite organizar su lucha contra la explotación de una manera mucho más eficaz. Si nosotros queremos transformar el mundo tenemos que ser capaces de elaborar una estrategia y una táctica, ¿y qué son la estrategia y la táctica sino el fruto del análisis de una realidad objetiva? Tenemos que ser capaces de detectar las potencialidades de lucha de los distintos sectores sociales que van a conformar el sujeto del cambio social: ¿dónde está hoy ese potencial?, ¿dónde tenemos que trabajar?, ¿cómo tenemos que organizarlo?, ¿dónde están las contradicciones del sistema?, ¿cuál es el eslabón más débil? Y sólo podremos dar una respuesta seria a estas preguntas si hacemos un análisis científico de esta sociedad. Por último, quiero aclarar que mi defensa del aporte de Marx no significa que considere que todo lo que escribió Marx es un dogma de fe.
La izquierda debe, según mi opinión, revalorizar la teoría como un arma imprescindible para la transformación social: destinando tiempo a la formación teórica, recon-quistando a cuadros intelectuales, formando comunidades científicas de investigadores, realizando escuelas populares permanentes de cuadros.

Crisis programática

Por otro lado, la izquierda latinoamericana vive una profunda crisis programática, que no es ajena a la crisis teórica anteriormente descripta. Luego del fracaso del desarrollismo populista en América Latina, de la caída del socialismo y del éxito del neoliberalismo, la izquierda no ha elaborado un programa alternativo que, partiendo de las nuevas características del mundo, permita hacer confluir en un solo haz a todos los sectores sociales afectados por el régimen imperante. Sabemos, sin embargo, que las alternativas no se elaboran de un día para otro en un congreso o en una mesa de trabajo, porque cualquier alternativa tiene que incluir consideraciones técnicas cada vez más complejas que requieren de conocimientos especializados. Y hoy la izquierda latinoamericana cuenta con pocos intelectuales orgánicos dispuestos a realizar este trabajo.

Dificultades para un perfilamiento alternativo

Junto a la ausencia de una propuesta alternativa rigurosa y creíble, dos otros elementos dificultan el perfilamiento alternativo de la izquierda. Por una parte, el que ésta suela adoptar una práctica política muy poco diferenciada de la práctica habitual de los partidos tradicionales, sean de derecha o de centro y, por otra, el hecho de que la derecha se haya apropiado inescrupulosamente del lenguaje de la izquierda, lo que es particularmente notorio en sus formulaciones programáticas.

Peligro de ser sólo buenos administradores de la crisis

A pesar de este déficit programático no es descartable que, en algunos países de América Latina, la izquierda llegue a conquistar importantes gobiernos locales y, aún más, sea capaz de acceder al gobierno de la nación, entre otras cosas debido al creciente descontento popular producido por las medidas neoliberales que afectan a sectores sociales cada vez más amplios. Pero existe el peligro de que una vez en el gobierno se limite a administrar la crisis y hacer la misma política que los partidos de derecha.
Pero aceptar que existe una crisis programática ¿significa quedarse con los brazos cruzados? ¿Puede la izquierda levantar una alternativa a pesar de la inmensamente desfavorable correlación de fuerzas que existe a nivel mundial? Por supuesto que la ideología dominante se encarga de decir que no existe alternativa, y los grupos hegemónicos no se quedan sólo en declaraciones, hacen todo lo posible por hacer desaparecer toda alternativa que se les cruce en el camino, como ocurrió con la Unidad Popular en Chile, la revolución sandinista en Nicaragua y como ha tratado de hacerlo durante treintiocho años sin éxito con la heroica revolución cubana. Por desgracia, algunos sectores de la izquierda latinoamericana han terminado por caer en la trampa de considerar que la política es el arte de lo posible y al constatar la imposibilidad inmediata de cambiar las cosas debido a la tan desfavorable correlación de fuerzas hoy existente, consideran que no les queda otro camino que ser realistas y reconocer esa imposibilidad adaptándose oportunistamente a la situación existente. La política así concebida excluye de hecho todo intento por levantar una alternativa frente al capitalismo realmente existente.
La política no es el arte de lo posible, es el arte de descubrir las potencialidades que existen en la situación concreta para hacer posible lo que en ese momento aparece como imposible. La política entonces no puede ser realpolitik, porque eso significa de hecho resignarse a no actuar sobre la realidad, limitarse a adaptarse a ella; renunciar de hecho a hacer política y doblegarse a la política que otros hacen. A la realpolitik debemos oponer una política que sin dejar de ser realista, sin negar la realidad, vaya creando las condiciones para la transformación de esa realidad, es decir, para que lo imposible hoy se vuelva posible mañana.
Por ejemplo, partiendo del dato objetivo de que hoy en América Latina ha disminuido enormemente el poder de negociación de la clase obrera, tanto por el fantasma del despido, son privilegiados los que pueden acceder a un trabajo asalariado estable, como por la fragmentación que ha sufrido con el nuevo modelo de desarrollo neoliberal, hay quienes predican la imposibilidad de luchar en esas condiciones. Es evidente que la clásica táctica de lucha sindical: la huelga que se basa en la unidad de la clase obrera industrial y su capacidad de parar las empresas no parece dar hoy frutos positivos y los oportunistas se aprovechan de ello para tratar de inmovilizar al movimiento obrero y convencerlo de que debe aceptar pasivamente sus actuales condiciones de sobre explotación. El arte de la política, por el contrario, consiste en descubrir a través de qué vías se pueden superar las debilidades actuales de la clase obrera industrial, que son debilidades reales, para ir cambiando la correlación de fuerzas. Ahí surge una nueva táctica: ya no se trata de la solidaridad de clase del Siglo XIX, si entonces era fundamental la unidad de los proletarios explotados por el capital, hoy es fundamental la unidad de los explotados por el capital con el resto de los sectores sociales perjudicados por el sistema neoliberal. Sólo así se puede lograr ese poder de negociación que la clase obrera por sí sola ya no tiene, y que mucho menos tiene el resto de la población. Esta salida ya ha sido probada en la práctica. Los sindicalistas argentinos han logrado avances en su lucha justamente cuando han sabido involucrar en su movimiento a amplios sectores de la sociedad, como lo hicieron los sindicalistas de Río Turbio en la provincia de Santa Cruz. Esta ha sido también la experiencia del Movimiento Sin Tierra de Brasil. Mientras este movimiento trabajó sólo a nivel campesino, estaba aislado y no tenía gran fuerza; pero cuando muy lúcidamente comprendió que tenía que hacer un viraje en su forma de trabajar, y que era necesario lograr que los habitantes de la ciudad comprendiesen que la lucha por la tierra no era sólo la lucha a favor de unos pocos campesinos, sino que significaba la solución de muchos problemas críticos de la propia ciudad, comenzó a tener un apoyo cada vez más amplio y hoy se ha transformado en un punto de referencia de todas las luchas sociales en Brasil. Hoy está proponiendo acciones que permitan organizar a todos los excluidos de Brasil.
El programa alternativo tiene que elaborarse entonces teniendo en cuenta las cosas anteriormente señaladas. Por otra parte, en cuestiones programáticas, la izquierda no se encuentra con las manos vacías, existen formulaciones y prácticas de proyectos alternativos, sólo que no están acabadas, pero ya se pueden dibujar aquellas cosas que no pueden estar ausentes. Así como la comuna de París permitió hacer ciertas sistematizaciones, igual ocurre, estima Raúl Pont, con la experiencia en los gobiernos locales.
Por otra parte, coincido con Helio Gallardo en criticar a quienes plantean que no puede haber protesta sin propuesta, porque la protesta es ya una propuesta popular. El mero hecho de resistir al neoliberalismo es plantear un rechazo a este modelo de sociedad y empezar a caminar por otro sendero. La resistencia organizada ha logrado de hecho frenar la aplicación del modelo en algunos países de América Latina. ¿Qué sino eso fue el plebiscito organizado por el Frente Amplio de Uruguay en 1992 para derogar la ley aprobada en 1991 que autorizaba la privatización de las más grandes empresas públicas del país?

Crisis orgánica e Instrumento político adecuado a los nuevos desafíos
Pero la izquierda no vive solo una crisis teorica y programatica, sino también una crisis orgánica. Esta crisis se da en un contexto de un cada vez mayor escepticismo popular en relación con la política y los políticos. La gente está harta de las prácticas partidarias poco transparentes y corruptas; ya no quiere saber más de mensajes que se quedan en meras palabras, que no se traducen en actos; exige prácticas coherentes con el discurso. Esta decepción de la política y los políticos no es grave para la derecha, pero para la izquierda sí lo es. La derecha puede perfectamente prescindir de los partidos políticos, como lo demostró durante los períodos dictatoriales, pero la izquierda en la medida en que busca transformar cualitativamente la sociedad no puede prescindir de un sujeto organizador, necesita de un instrumento político sea éste un partido, un frente político u otra fórmula . Y esto por una doble razón: en primer lugar, porque la transformación no se produce espontáneamente, las ideas y valores que prevalecen en la sociedad capitalista y que racionalizan y justifican el orden existente invaden toda la sociedad e influyen muy especialmente en los sectores menos provistos de armas teóricas de distanciamiento crítico. En segundo lugar, porque es necesario ser capaz de vencer a fuerzas inmensamente más poderosas que se oponen a esa transformación, y ello no es posible sin una instancia política formuladora de propuestas, capaz de dotar a millones de hombres de una voluntad única , es decir, de una instancia unificadora y articuladora de las diferentes prácticas emancipadoras. Esa instancia política es, como decía Trotsky, el pistón que comprime al vapor en el momento decisivo y permite que éste no sea desperdiciado y se convierta en fuerza impulsora de la locomotora.
Reconociendo la importancia de la organización política para conseguir los objetivos de cambio social, la izquierda, sin embargo, ha hecho muy poco por adecuarla a las exigencias de los nuevos tiempos. Durante un largo período esto tuvo mucho que ver con la copia acrítica del modelo de partido bolchevique, ignorando lo que el propio Lenin planteaba al respecto. Esto se tradujo en América Latina en la construcción de organizaciones prepotentes, que se sentían dueñas de la verdad, que funcionaban siguiendo un modelo militar, que proclamaban ser organizaciones obrera aunque la mayor parte de sus cuadros provenían de otros sectores sociales, que se autoproclamaban la única vanguardia con todo lo que ello significa de actitud sectaria, dogmática, hegemonista y verticalista. Este modelo parece haber caducado definitivamente. La gente dispuesta a luchar por un cambio social profundo se siente cada vez menos motivada a militar en una organización de este tipo.
Esta crisis orgánica aparece a su vez acompañada de una crisis de militancia bastante generalizada, no sólo en los partidos de izquierda sino también en los movimientos sociales y en las comunidades cristianas de base y no es ajena a los cambios que ha sufrido el mundo y, entre ellos, los sujetos sociales del cambio.
En América Latina, durante las últimas décadas, se han producido cambios muy importantes dentro de las fuerzas populares: una reducción absoluta del campesinado; una reducción de la población laboral empleada en la industria, amenazada constantemente de quedar excluida del proceso industrial; precarización de la fuerza laboral y fragmentación social, acentuada por los proceso de maquila en varios países, con la consecuente pérdida de identidad; crecimiento enorme del trabajo informal. Han aparecido igualmente nuevos sujetos sociales: las mujeres han adquirido una importancia creciente en las distintas esferas: económicas, sociales y políticas; la juventud ha adquirido una mayor autonomía; los índígenas han llegado a representar un papel protagónico en algunos países; los cristianos progresistas y sus organizaciones de base han ido desempeñando un papel significativo en las luchas populares; los jubilados han aumentado notablemente en número y en muchos países han pasado a ser uno de los sectores más combativos; crecen los movimientos ecológicos, étnicos, raciales, por la libertad sexual; de la misma manera crece el número de emigrados que llegan a constituir verdaderas colonias en algunos países más desarrollados.
Y al mismo tiempo que se modifican los sujetos sociales se producen importantes cambios culturales. Los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, difunden la omnipresente ideología neoliberal con su cultura individualista, egocéntrica, del sálvese quien pueda: la telenovela se han transformado en el opio del pueblo del mundo de hoy. Por otra parte, todo conduce a fomentar el consumismo: el "hombre tarjeta de crédito": la servidumbre de fines del siglo XX. Sin embargo, parece interesante constatar que, junto a esta crisis de militancia en muchos de nuestros países se da un crecimiento de la influencia de la izquierda en la sociedad y aumenta la sensibilidad de izquierda en los sectores populares. Esto me hace pensar que, además de los factores expuestos anteriormente que pueden estar en su origen, es muy probable que también influya en la crisis de militancia el tipo de exigencias que se plantean a la persona para que ésta se pueda incorporar a una práctica militante organizada. Habría que examinar si la izquierda ha sabido abrir cauces de militancia adecuados para hacer fértil esa creciente sensibilidad de izquierda en la sociedad. La izquierda necesita, entonces, urgentemente un instrumento político adecuado a los nuevos desafíos.
Sin embargo, me parece necesario advertir que no se trata de tirar todo por la borda y empezar desde cero. Existe una tendencia muy grande, especialmente en la juventud, a criticar destructivamente todo lo que existe y a pensar que se puede llegar a construir algo perfecto si se empieza todo de nuevo, evitando mirar al pasado. Olvidar el pasado, no aprender de las derrotas, dejar de lado las propias tradiciones de lucha, es hacerle el juego a la derecha porque esa es la mejor forma de no acumular fuerzas, de volver a reincidir en los mismos errores. Por ello mismo, antes de crear una nueva organización política habría que examinar muy bien la capacidad de transformación que tienen las organizaciones políticas actualmente existentes. Tal vez no se requiera construir una nueva organización, a lo mejor de lo que se trata es de fundir varias organizaciones ya existentes en una sola siempre que ésta se estructure de una manera diferente.


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