Punto de Vista
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Los Desafíos de la Izquierda
Latinoaméricana

Martha Harnecker

Algunas ideas sobre organización para los nuevos desafíos
A continuación señalaré algunas ideas acerca de cómo la izquierda latinoamericana podría organizarse para enfrentar los nuevos desafíos. Muchas de estas ideas han surgido de la propia práctica y de las reflexiones que de ella han hecho varios de los dirigentes políticos de nuestro continente en entrevistas que les hiciera desde el '79 en adelante, y de los escritos de dos compañeros con los cuales me siento muy identificada en esta materia: Clodomiro Almeyda dirigente socialista chileno, ex canciller de Salvador Allende, recientemente fallecido y el uruguayo Enrique Rubio dirigente de la Vertiente Artiguista y diputado nacional . No se trata, de manera alguna, de un nuevo recetario, debemos recordar nuevamente que lo que debemos buscar es ser eficaces en la conducción de la lucha de clases para transformar nuestras sociedades particulares insertas hoy, es cierto, en un marco mucho más globalizado que antaño.

Reunir a su militancia en torno a un proyecto de sociedad y a un programa concreto
La aceptación o no aceptación del programa debe ser la línea divisoria entre los que están dentro de la organización y los que se excluyen de ella. Puede haber disenso en muchas cosas, pero debe existir consenso en las cuestiones programáticas. El programa político debe ser el elemento aglutinador y unificador por excelencia y es lo que debe dar coherencia a su accionar político. Mucho se habla de la unidad de la izquierda. Sin duda ésta es fundamental para avanzar, pero se trata de unidad para la lucha, de unidad para resistir, de unidad para transformar. No se trata de una mera unidad de siglas de izquierda porque entre esas siglas puede haber quienes hayan llegado al convencimiento que no queda otra cosa que adaptarse al régimen vigente y si es así restarán fuerzas en lugar de sumar. No hay que olvidar que hay sumas que suman, sumas que restan, éste sería el caso recién mencionado, y sumas que multiplican. El más claro ejemplo de este último tipo de suma es el Frente Amplio de Uruguay, coalición política que reúne a todos los partidos de la izquierda uruguaya y cuya militancia rebasa ampliamente la militancia que adhiere a los partidos que lo conforman. Ese gesto unitario de la izquierda logró convocar a una gran cantidad de personas que anteriormente no militaban en ninguno de los partidos que conformaron dicha coalición y que hoy militan en los Comités de Base del Frente Amplio. Los militantes frenteamplistas sin bandera partidista constituyen dos tercios del Frente y la militancia partidista el tercio restante.

Contemplar variadas formas de militancia

No todas las personas tienen la misma vocación militante ni se sienten inclinadas a militar en forma permanente. Eso fluctúa dependiendo mucho de los momentos políticos que se viven. No estar atentos a ello y exigir una militancia uniforme es autolimitar y debilitar a la organización política. Hay, por ejemplo, quienes están dispuestos a militar en una área temática: salud, educación, cultura, y no en un núcleo de su centro de trabajo o en una estructura territorial. Hay otros que se sienten llamados a militar sólo en determinadas coyunturas (electorales u otras) y que no están dispuestos a hacerlo todo el año. Tratar de encasillar a la militancia en una norma única, igual para todos, en una militancia de las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, es dejar fuera a todo este potencial militante. Las estructuras orgánicas deben abandonar su rigidez y flexibilizarse para optimizar este compromiso militante diferenciado, sin que se establezca un valor jerárquico entre ellas. Pero la organización política no sólo debe trabajar con la militancia que adquiere un compromiso partidario, debe también lograr incluir en muchas tareas a los no militantes. Una forma de hacerlo es la de propiciar la creación o la utilización de entidades fuera de las estructuras internas del partido, que sean útiles a la organización política y que le permitan aprovechar las potencialidades teóricas o técnicas existentes: centros de investigación, de difusión y propaganda, etcétera. Por otra parte, el militante de la nueva organización debería ocupar la mayor parte de su tiempo en vincular al partido con la sociedad. Las actividades internas deberían reducirse a lo estrictamente necesario. Considero que también debe cambiar la incorrecta relación entre militancia y sacrificio. Para ser militante en décadas pasadas había que tener espíritu de mártir: sufrir era revolucionario, gozar era visto como algo sospechoso. De alguna manera eran los ecos de la desviación colectivista del socialismo real: el militante era un tornillo más de la máquina partidaria; sus intereses individuales no eran considerados. Esto no quiere decir que desvaloricemos el espíritu de renuncia que debe tener el militante, pero éste debe buscar, dentro de lo posible, combinar sus tareas militantes con el desarrollo de una vida humana lo más plena posible.

Abandono de los métodos autoritarios

Los partidos de izquierda fueron durante mucho tiempo muy autoritarios, la cúpula del partido era la que decidía y los militantes acataban órdenes que nunca discutían y muchas veces no comprendían. Al criticar esta desviación se ha tendido a rechazar la utilización del método del centralismo democrático. Personalmente no veo cómo se puede concebir una acción política unificada y exitosa sin emplear este método, salvo que se decida actuar por consenso, método aparentemente más democrático porque busca el acuerdo de todos, pero que en la práctica a veces es mucho más antidemocrático, porque otorga de hecho derecho a veto a una minoría: al extremo que una sola persona puede impedir que se lleguen a implementar acuerdos con apoyo inmensamente mayoritario. La izquierda tiene que aceptar que los problemas que se le plantean son cada vez más complejos y que ella no es dueña de la verdad, que la otra parte también puede tener parte de la verdad. En el diálogo siempre tiene que otorgar al otro al menos el beneficio de la duda y debe a aprender a construir el consenso y no a manipular el consenso como muchas veces se ha hecho. Para que una organización tenga una vida interna democrática es fundamental que ésta cree espacios para el debate, la construcción de posiciones, el enriquecimiento mutuo mediante el intercambio de opiniones. Por otra parte, pienso que no es malo sino deseable que se reconozca y legalice la existencia, dentro de una misma organización política, de diversas corrientes de opinión. Comparto con Tarso Genro la idea de que ello permite que dentro de una misma organización se expresen las distintas sensibilidades políticas de la militancia. Pienso que el agrupamiento de la militancia en torno a determinadas tesis puede contribuir a profundizar el pensamiento de la organización. Lo que hay que evitar es que estas tendencias se conviertan en agrupamientos estancos, en fracciones, en verdaderos partidos dentro del partido y que los debates teóricos sean el pretexto para imponer correlaciones de fuerzas que nada tienen que ver con las tesis que se debaten. Por otra parte, si de lo que se trata es de democratizar el debate, lo lógico sería que no hubiese tendencias permanentes, o que, al menos en algunos temas, especialmente en temas nuevos, las personas pudiesen reagruparse de diferente manera. No siempre, por ejemplo, tendrían que coincidir en un mismo agrupamiento las personas que tienen una determinada posición frente al papel del Estado en la economía, con las que tienen una determinada posición respecto a la forma en que el partido debe estimular la participación política de la mujer. Respecto a este tema de las tendencias y al respeto a las posiciones de los demás, me parece que en Porto Alegre se da una ejemplar práctica democrática. En el gobierno de la ciudad ganado por tercera vez consecutiva por el Partido de los Trabajadores las distintas tendencias del PT se van alternando en el cargo de alcalde y estos alcaldes forman su equipos de gobierno con representantes de las diversas tendencias. Segun Tarso Genro, ex alcalde de Porto Alegre, esto sólo es posible si se parte del presupuesto de que las posiciones de la corriente a la que uno pertenece tendrán que ser complementadas por la dialéctica del diálogo y debate con las otras. Si se partiera de la vieja posición tradicional de que uno es el representante del proletariado y el resto es el enemigo, la actitud necesariamente sería diferente: ese resto tendría que ser neutralizado o aplastado. Ahora bien, ser abierto, respetuoso y flexible en el debate no significa de ninguna manera renunciar a luchar porque las ideas propias triunfen si uno queda en minoría. Si luego del debate interno uno sigue convencido que ellas son las correctas, debe continuar defendiéndolas con el único requisito de que esa defensa respete la unidad de acción del partido en torno a las posiciones que fueron mayoritarias. Y, hablando de debate, creo importante que se tenga en cuenta de que hoy es casi imposible que un debate interno deje de ser al mismo tiempo público y, por lo tanto, la izquierda tiene que aprender a debatir tomando en cuenta esa realidad. La nueva cultura de la izquierda debe reflejarse también en un forma diferente de componer la dirección de la organización política. Durante mucho tiempo se pensó que si una determinada corriente o sector del partido ganaba las elecciones internas en forma mayoritaria, eran los cuadros de esa corriente los que debían ocupar todos los cargos de dirección. De alguna manera primaba entonces la concepción de que la gobernabilidad se lograba teniendo una dirección lo más homogénea posible. Hoy tiende a primar un criterio diferente: una dirección con representación proporcional, que refleje la correlación de fuerzas dentro de ella, parece ser más adecuada porque eso ayuda a que la militancia se sienta más involucrada en las tareas. Pero este criterio sólo puede ser eficaz si el partido ya ha logrado adquirir esa nueva cultura democrática, porque si no es así, se produce una olla de grillos y el partido se hace ingobernable. Por otra parte, me parece muy conveniente la participación directa de los militantes en la toma de las decisiones más relevantes, a través de consultas o plebiscitos internos. Y subrayamos "decisiones más relevantes", ya que no tiene sentido y sería absolutamente inoperante estar consultando a la militancia sobre decisiones que se deben adoptar en la gestión política cotidiana, de alta dedicación, que corresponde a opciones necesariamente no masivas. Estas consultas directas a las bases son una manera bastante efectiva de democratizar las decisiones partidarias. Consultas del tipo recién mencionado podrían realizarse no sólo con los militantes, sino también con los simpatizantes o a lo que pudiéramos llamar el ámbito electoral del partido. Pienso que este método es especialmente útil para designar a los candidatos de izquierda a los gobiernos locales, si de lo que se trata es de ganar el gobierno y no de usar las elecciones sólo para propagandizar las ideas del partido. Una consulta popular al electorado acerca de los varios candidatos que la organización política propone, puede ser un método muy conveniente para no errar el tiro. A veces se han perdido elecciones por levantar candidatos usando un criterio netamente partidista: prestigio interno, expresión de una determinada correlación de fuerzas internas, sin tener en cuenta la opinión de la población sobre ese candidato. Consultas a la población se han realizado con éxito en América Latina. La Causa R de Venezuela realizó un plebiscito sobre el parlamento y logró que se acercaran a votar en improvisadas urnas en la calle cerca de 500 mil personas. Otro ejemplo es la Consulta Nacional por la Paz y la Democracia, realizada por el Movimiento Civil Zapatista en el segundo semestre de 1995: una consulta muy original acerca de varios temas de interés, entre otros, si la organización debería unirse a otras y conformar un frente político, o si debía mantenerse como una organización independiente. Cosas como éstas nos hacen pensar que la izquierda suele moverse en la dicotomía entre lo legal y lo ilegal, y no tiene suficientemente en cuenta un sinnúmero de otros espacios que yo denominaría alegales , porque no entran en la dicotomía antes señalada, que pueden ser aprovechados para concientizar, movilizar y hacer participar a la población.

Necesidad de construir una relacion de respeto al movimiento popular

Hay que reconocer que ha existido una tendencia a considerar a las organizaciones populares como elementos manipulables, como meras correas de transmisión de la línea del partido. Esta posición se ha apoyado en la tesis de Lenin en relación con los sindicatos de los inicios de la revolución rusa, cuando parecía existir una muy estrecha relación entre clase obrera-partido de vanguardia-Estado. Esta concepción fue abandonada por Lenin en los años finales de su vida, cuando en medio de la aplicación de la Nueva Política Económica (NEP) y sus consecuencias en el ámbito laboral, prevé el surgimiento de posibles contradicciones entre los trabajadores de las empresas estatales y los directores de dichas empresas y sostiene que el sindicato debe defender los intereses de clase de los trabajadores contra los empleadores, utilizando, si considera necesario: la lucha huelguística que, en un estado proletario no estaría dirigida a destruirlo sino a corregir sus desviaciones burocráticas. Este cambio pasó desapercibido para los partidos marxistas leninistas quienes hasta hace muy poco pensaban que la cuestión de la correa de transmisión era la tesis leninista para la relación partido- organización social. Esta tesis mal digerida fue aplicada por la izquierda en su trabajo con el movimiento sindical primero, y luego con los movimientos sociales. La dirección del movimiento, los cargos en los organismos de dirección, la plataforma de lucha, en fin, todo, se resolvía en las direcciones partidarias y luego se bajaba la línea a seguir por el movimiento social en cuestión, sin que éste pudiese participar en la gestación de ninguna de las cosas que más le atañían. Esta situación fue cambiando. De alguna manera la crisis de las organizaciones políticas de izquierda, producto del terrorismo de los gobiernos militares que se ensañó contra ellas, y el auge simultáneo de muchos movimientos sociales contribuyeron a ello. Los movimientos sociales maduraron, cobraron confianza en sus propias fuerzas, se dieron cuenta que con sus propias iniciativas -más cercanas a su realidad que las que podían promover dirigentes políticos que decidían el destino de sus luchas sentados en un escritorio- podían lograr con más facilidad sus objetivos reivindicativos. Los dirigentes políticos, a su vez, fueron dándose cuenta de que el estilo verticalista de conducción funcionaba cada vez menos y rendía cada vez menos frutos. Comenzaron a entender que los ritmos, los momentos de la lucha de cada movimiento no puede estar completamente subordinada a su proyecto político, porque existen dinámicas distintas y que es importante respetar estas dinámicas y encauzarlas en un gran movimiento contra el enemigo común. Se han ido convenciendo que esto no se logra imponiendo desde arriba una línea, sino ganando desde abajo la conducción. Por otra parte, se han ido dando cuenta de que la organización política no es la única que tiene ideas y propuestas y que, por el contrario, el movimiento popular tiene mucho que ofrecerle, porque en su práctica cotidiana de lucha va también aprendiendo, descubriendo caminos, encontrando respuestas, inventando métodos, que pueden ser muy enriquecedores. Por otra parte, es un error garrafal pretender conducir al movimiento de masas desde arriba, por órdenes, porque la participación popular no es algo que se pueda decretar desde arriba. Sólo si se parte de las motivaciones de la gente, sólo si se le hace descubrir a ella misma la necesidad de realizar determinadas tareas, estas personas estarán dispuesta a comprometerse plenamente con las acciones que emprendan. Esta revalorización de los movimientos sociales y la comprensión de que la conducción se gana y no se impone, ha llevado a algunos sectores de la izquierda a buscar nuevas fórmulas para conformar los frentes políticos que no sean una mera alianza entre partidos políticos, sino que, a su vez, den cabida a la expresión de los movimientos sociales. Después de lo dicho hasta aquí podemos comprender por qué los cuadros políticos de la nueva época no pueden ser cuadros con mentalidad militar: hoy no se trata de conducir a un ejército, ni tampoco demagogos populistas porque no se trata de conducir a un rebaño de ovejas ; los cuadros políticos deben ser fundamentalmente pedagogos populares, capaces de potenciar toda la sabiduría que existe en el pueblo, tanto la que proviene de sus tradiciones culturales y de lucha, como la que adquiere en su diario bregar por la subsistencia a través de la fusión de ésta con los conocimientos más globales que la organización política pueda aportar. Debe fomentar la iniciativa creadora la búsqueda de respuestas.La organización política no debería buscar contener en su seno a los representantes legítimos de todos los que lucha por la emancipación social, sino esforzarse por articular sus prácticas en un único proyecto político.

Adecuar su lenguaje a los nuevos tiempos

La militancia y los mensajes de la izquierda de hoy, de la era de la televisión, no pueden ser los mismos que los de la década del 60; no son los de la época de Gutenberg, el inventor de la tipografía que dio origen a la imprenta, estamos en la época de la imagen y de la telenovela. La cultura del libro, la cultura de la palabra escrita, como dice Atilio Borón, es hoy una cultura de élite, ya no es una cultura de masas. La gente hoy lee muy poco o no lee, para poder comunicarnos con el pueblo debemos dominar el lenguaje audiovisual. Y la izquierda tiene el gran desafío de buscar cómo hacerlo cuando los principales medios audiovisuales están absolutamente controlados por gran empresas monopólicas nacionales y transnacionales. Muchas veces se quiere competir en el eslabón más fuerte de la cadena y eso es evidentemente imposible, no sólo por los recursos financieros que eso significa, sino también porque, aunque se dispusiese de esos recursos, como es el caso de la CUT en Brasil, los grupos económicos que monopolizan esos medios impiden cualquier tipo de incursión de la izquierda en éstos. La CUT ha querido tener un espacio propio y no se le ha otorgado. Pero hay otras formas alternativas de comunicación en nuestro subcontinente que no han sido suficientemente trabajadas por la izquierda, como las radios comunitarias, los periódicos barriales, los canales municipales de televisión, y más accesibles aún a cualquier grupo que trabaja en el ámbito comunitario: el uso de videocasseteras para llevar a pequeños grupos de personas experiencias de interés que les permitan aprender y formarse una conciencia crítica frente a los mensajes e informaciones que transmiten las grandes trasnacionales de la información. Aquí también está el desafío de crear videos pedagógicos que permitan intercambiar experiencias y aprender de otras experiencias populares. Y en este intercambio de experiencias empiezan a jugar hoy un papel importante las radios populares conectadas a redes que transmiten por satélite y permiten que los actores populares se comuniquen entre sí de un país a otro y puedan dialogar sobre sus experiencias.

Organización política de los explotados por el capitalismo y de los excluidos
Si, como veíamos anteriormente, la clase obrera industrial ha ido disminuyendo en América Latina, en contraste con el sector de los marginados o excluidos por el sistema que está en constante aumento, parece necesario que la organización política tome en cuenta esta realidad y que deje de ser una instancia que reúna sólo a la clase obrera clásica para transformarse en la organización de todos los trabajadores y sectores sociales oprimidos.

Una organización política no ingenua, que se prepara para todas las situaciones

La posibilidad actual que tiene la izquierda de disputar abierta y legalmente muchos espacios, no debe hacerle perder de vista que la derecha respeta las reglas del juego sólo hasta donde le conviene. Hasta ahora no se ha visto ninguna experiencia en el mundo en que los grupos dominantes estén dispuestos a renunciar a sus privilegios. El hecho de que estén dispuestos a retirarse de la arena política cuando consideran que su repliegue puede ser más conveniente, no debe llevarnos a engaño. Pueden perfectamente tolerar y hasta propiciar la presencia de un gobierno de izquierda, siempre que éste se limite a administrar la crisis. Lo que no permitirán nunca y en eso no hay que ser ilusos, es que se pretenda construir una sociedad alternativa. En la medida en que crezca y acceda a posiciones de poder, la izquierda debe estar preparada para hacer frente a la fuerte resistencia que opondrán los núcleos más apegados al capital financiero, más apegados a privilegios de toda índole, que se van a valer de medios legales o ilegales para evitar que se lleve adelante un programa de transformaciones democráticas y populares. De ahí que la izquierda, como toda fuerza política que tiene el poder en la mira, no puede dejar de incluir en su estrategia la constitución de una fuerza material que le permita defender las conquistas alcanzadas democráticamente.

Una nueva práctica internacionalista en un mundo globalizado

En un mundo en que el ejercicio de la dominación se realiza a escala global, parece aún más necesario que ayer establecer coordinaciones y estrategias de lucha a nivel regional y supra regional.

Encarnacion de los valores éticos de la nueva sociedad que se pretende construir

Por utimo, En un mundo en que reina la corrupción y existe, como veíamos anteriormente, un creciente descrédito en los partidos políticos y, en general, en la política, es fundamental que la organización de izquierda se presente con un perfil ético netamente diferente, que sea capaz de encarnar en su vida cotidiana los valores que dice defender, que su práctica sea coherente con el discurso político. De ahí el auge que ha tenido la figura del Che. Es fundamental, por otra parte, que la organización que construyamos encarne los valores de la honestidad y de la transparencia. En este terreno no puede permitirse el más leve comportamiento que pueda empañar su imagen. Debe crear condiciones para mantener una estricta vigilancia en cuanto a la honestidad de sus cuadros y mandatarios. Debe luchar también contra todo tipo de discriminación de raza, etnia, género, sexo, empezando por casa. Por último, además de las banderas enarboladas por la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, que conservan toda su vigencia, pienso que habría que agregar una cuarta bandera: la de la austeridad. Y no por un sentido ascético cristiano, sino para oponerse al consumismo suicida y alienante de fines de siglo.

Conclusión

Desde el '95 comenzaron a sentirse la primeras protestas masivas contra los desastrosos efectos del neoliberalismo, y lo interesante es que varias de ellas se dieron en los propios países desarrollados. Francia no veía una huelga general desde el '68. La ciudad canadiense de Toronto fue conmovida, en noviembre de 1996, por la manifestación popular más grande de su historia: cerca de doscientas mil personas recorrieron disciplinadamente las calles de la ciudad durante largas horas. Más recientemente este rechazo se refleja en los resultados electorales en varios países: mientras en Europa los laboristas en Inglaterra y los socialistas apoyados por los comunistas en Francia, ganaban las elecciones; en América Latina el FMLN ganaba la alcaldía de San Salvador y varias de las principales ciudades del país, disputando muy de cerca la correlación de fuerzas con ARENA; y Cuauhtémoc Cárdenas ganaba las elecciones del Distrito Federal. También han crecido las protestas populares en América Latina en los últimos meses: la gran marcha del MST en Brasil, las manifestaciones contra el gobierno en Nicaragua, el inicio de protestas estudiantiles en Chile, las recientes manifestaciones masivas contra Fujimori en Perú, las explosiones urbanas en varias ciudades argentinas. Todo esto hace pensar a algunos que la situación está cambiando, que estamos entrando a una nueva ola expansiva. Sea cual fuera la interpretación, los desafíos para la izquierda son enormes, porque si no se logra canalizar esta creciente resistencia en una voluntad única, sus efectos se desvanecerán como pompas de jabón. Cuando iniciábamos este trabajo decíamos que aunque la revolución no se veía en el horizonte cercano, la revolución era ahora más necesaria que nunca, no sólo para los pobres de este mundo sino para la humanidad toda. Quizá la revolución no sea hoy el motor de la historia, como afirmaba Marx, sino el "freno de emergencia" de la historia, como dice el historiador Walter Benjamin; un freno que nos impida caer en el abismo al que nos conduce inexorablemente el neoliberalismo. Textos preliminares del libro:
"La izquierda en el umbral del Siglo XXI".
Tercera y última parte

LA IZQUIERDA A DEBATE

Martha Harnecker es educadora popular chilena.

Autora de numerosos trabajos de investigación sobre la izquierda latinoaméricana.

"La Izquierda en el umbral del siglo XXI"
Martha Harnecker
Editorial Siglo XXI - Madrid.
Febrero 2000.
Segunda edition.


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